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Febrero se ha dormido en mis labios y los ha hecho fríos y cortantes. Casi puedo sentir el pálpito suave de la vida asfixiándose en su inercia, en la ahogada inexactitud por la que día a día cada uno de nosotros seguimos caminando.

Y es que hacía tiempo que el frío no me abrazaba así. Con tantas ganas. Mi piel se enciende en el nervio y siente como no ha sentido en años. Limpia. Desorbitada. Y he vuelto a dejarme atrapar por las caricias de mi Madre, haciendo cicatrices de las grietas del hielo deshecho en mis labios. Por las nubes grisáceas que surcaban nuestra casa entumecida entre aquellas ariscas montañas. El tejado helado; la ladera nívea y silenciosa. Y por las ganas de enterrar bajo la nieve todo lo que ya no importara.

A ti y a mí nos gustaban los días así. Secos, de cielos blancos y ásperos que acunaban al cuerpo en una melodía de calambres y punzadas tras nuestros juegos nevados. Aún puedo notar cómo mis dedos se encogían electrizados al rozar con ellos la escarcha de entre aquellos pinos salvajes. Cómo nos esmerábamos en hacer salir a las vacas de sus establos sólo para molestarlas. Sin ningún tipo de éxito, claro. Y cómo al final encogías tu diminuto cuerpecito en aquel abrigo de paño raso cuando ya el sol caía y Mamá nos decía, con aquel delantal descosido y la cuchara de palo entre las manos, que ya era hora de volver a casa. Aunque a ninguno nos apeteciera demasiado.

En aquel instante, tus mejillas ardían fieras pero incautas, deseando amenazar un poco más al invierno rasgado. Aún puedo ver esa nariz fruncida, las pecas deshechas y la luz en tus ojos asiendo a los míos, deseosos de seguir conquistando un día más aquellas tierras nevadas en nuestra inocencia.

Quisiera enredarme un día más a esos ojos de invierno, y que… No sé. Que simplemente volvieras a mi lado. Fotos: Paula Méndez.

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