Una vez conocí a un tipo peculiar llamado Henry Bayne. Era menudo y de figura complexa, que además solía acentuar con unos gruesos abrigos de pana de color marrón cámel ya difuminado en los años. Le gustaba fumar de pipa y murmurar entre dientes cada vez que lo hacía en mi presencia, que no se lo contase a su mujer. Aún recuerdo mirar discretamente su reflejo en el retrovisor, casi mecánicamente en ese instante en el que arrugaba los labios y tensaba el entrecejo severamente mientras encendía su pipa de tabaco. Por alguna razón, mi piel se electrizaba levemente cada vez igual que la anterior ante esa expresión tan cetrina. En los ojos negros de Henry se leía una leve tristeza.

Me subía en su taxi cada martes y miércoles del mes. Me recogía en una de las esquinas de la Cuarta Avenida, junto a la cafetería The Pretty Cake, a las 16:40h. O, si se retrasaba, a y 43, aunque siempre le echaba la culpa al tráfico lento y a los ancianos de la Sexta. Nunca hablábamos demasiado, tenía fama, a diferencia de otros tantos, de conductor profesional y reservado. Sólo que yo era su última pasajera, y, si hacía las preguntas correctas, lograba que saliese de aquel rostro agrio y nublado en la humareda alguna que otra conversación sumida en la más extraordinaria y trivial cortesía.

En realidad, todo mi interés en hablar con el Señor Bayne no era más que oír de sus propias palabras uno de los cotilleos más populares del extrarradio. Se decía que Henry, en sus mejores años, trató de encadilar a una renombrada y joven alcaldesa, afirmando que él fue durante una larga época el chófer personal y preferido de nada más y nada menos que Andy Warhol. Y ella, ya encandilada, en cada viaje por corto que fuese le suplicaba al señor Bayne detalles sobre la vida de este. No sé si Henry conseguiría algo más que una cita con la joven política, pero sí cosechó un gran éxito entre el resto de ciudadanos ansiosos por averiguar más cosas sobre Warhol.

Incluida yo. Sólo que mi humildad se encogía cada vez que lograba escoger las palabras precisas para abordar el tema, y al final siempre acababa acompañando las prudentes opiniones de Herny sobre la última crisis política, el final demasiado dramático de alguna película o, sobre todo, su preferido, los molestos temporales que asediaban Nueva York por entonces.

Lo cierto es que las malas lenguas se habían atrevido a comentar que Henry en realidad nunca fue chófer de Warhol, sino sólo un hombre avispado, con la biografía que, recientemente, una de las asistentes de Andy Warhol publicó en su nombre hacía pocos meses de aquella fecha. Y aunque siempre deseé enterarme de si en verdad Henry fue parte de esa realidad tan deseable, yo… No pude. Jamás llegué a enterarme. Creo que fui más feliz pensando en lo afortunada que era siendo pasajera de un coche en el que pudo viajar Warhol. Eso, y la idea de no manchar más los ojos de Henry de una innecesaria tristeza. Texto y Fotos: Paula Méndez

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