FOTO1

Dicen que la curiosidad mató al gato pero que la satisfacción lo revivió. Y sí, tal y como te imaginas, en esta historia ese gato incauto soy yo.

Hace algunas semanas que la ventana de mi habitación se abrió al mundo cuando, de una forma trágica pero necesaria, las ramas del viejo acacio plantado frente a la fachada fueron taladas (y no, no traté de detenerlo porque el amable jardinero me prometió que el árbol estaba gravemente enfermo que si no…). En fin. Lo que esto provocó, aparte de la necesidad inminente de empezar a cambiarme de ropa en el baño, fue que… En el momento de buscar la deseada y fortuita inspiración para escribir estas líneas, en vez de perderme como antes entre las hojas y crispados pájaros que las ocupaban yo… Me disipara en otras ventanas más allá de la mía.

No voy a negar que he hecho un poco como James Stewart en La ventana indiscreta, sólo que sin pierna rota ni prismáticos. He descubierto un millón de cosas sobre la gente que vive al lado y que, por el bien de sus identidades secretas, amablemente no voy a revelar. Pero aun hay una que necesito compartir. Porque me ha robado los pensamientos, el sueño, y empiezo a pensar que también la posibilidad de escribir sobre cualquier otra cosa hasta que esto no se resuelva.

He visto una fiesta de cumpleaños fantasma. Bueno vale, no, no tanto como fantasma porque obviamente no he visto espíritus (ni siquiera sé si creo en eso, ¿sabes?) pero te prometo que algo raro pasa en esa casa. Desde hace más de cinco días, en el mirador más alto del número 13 de esta calle incierta, hay unas guirnaldas rosas y verdes de papel colgadas del techo, y varias sillas blancas rodeando una mesa, con un pastel (me imagino que maloliente) puede que de nata montada, puede que de yogur y un toque de frambuesas. Contra el cristal, hay otras tres sillas en una fila perfecta, esperando a que las madres y padres más desalentados de la fiesta reunan sus quejas mientras con una mano sujetan al bebé llorón de turno y en la otra un buen plato de un pudding reseco que nadie quiso comerse en la mesa. Porque, creo que no te lo he dicho, me imagino todo el rato un cumpleaños familiar. De un señor ya sesentón con bigote espeso y tremendamente malhumorado, pero de corazón blando y de actitud esquiva, de esos que al terminar la fiesta, volverían a dar con emoción al play a la cámara que estuvo grabando a pesar de que durante la misma casi no articuló palabra con los invitados. 

Si me pongo de puntillas y tuerzo el cuello hasta que me cruje, puedo ver algunos globos malvas sujetos contra una librería recargada, y una caja sospechosamente grande a su lado, contra las baldosas de madera. Pero no llego a verla bien. ¿Será una piñata un poco austera? ¿O quizás…? Mmmm… No sé. Con ese tamaño no se me ocurre nada. Cuando se la enseñé a mi novio, primero dijo en broma que a lo mejor el cumpleañero imaginario y aguafiestas, nunca mejor dicho, había matado al payaso antes de que los invitados llegasen, y que había improvisado un ataud con esa caja enorme. Y él se había marchado a la fuga, claro. En plan película. Y luego, menos en broma, me llamó loca, y me pidió que dejase de espiar al vecindario.

Mi hermana, en cambio, prefirió no asomarse y murmuró que a veces la gente prepara fiestas con mucha, mucha antelación. El dueño podía estar de viaje, en mitad de una crisis de trabajo… Pero después de un poco de rifi rafe, conseguí que cambiase de opinión y me llegó a reconocer el problema. La cito textualmente cuando dijo que: “menos mal que sólo se veía un indicio de una fiesta desastre y no al dueño de la casa ahí sentado, con el bigote espeso y la postura siempre de la misma manera”.

¿Y tú que piensas? ¿Será que el dueño gruñón de la casa tuvo que salir por una urgencia y por eso nunca se celebró su cumpleaños? ¿Que se arrepintiese de preparar una fiesta y nunca abriese a los invitados, que se fueron tras horas y horas de llamar a la puerta? Si le hubiese pasado algo, ellos habrían alertado a la policía, ¿no crees?

Ay, no sé. Creo que mi novio tiene razón y de verdad me estoy volviendo loca. Pero tienes que ayudarme, ¿qué hago? Fotos: Paula Méndez.

FOTO2

Coméntalo

comentarios