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Julio 2013. Tortuguero, Costa Rica.

Aún recuerdo esa quemazón recorriendo cada centímetro de mi piel húmeda y demasiado ambarina entre las sábanas. Mi pequeña cabaña se había dejado conquistar por las sombras más ásperas de la noche hacía horas, y mi corazón bombeaba intranquilo, casi como en sospecha de que debía permanecer despierta. Ciertamente una corazonada sensata. Creo que nunca me había sentido tan firme, tan cerca de abrazar a la tierra con mi alma.

Entonces una nube gris se enredó en las ramas de aquella selva y la lluvia sentenció para siempre mis ganas de desaparecer entre sueños y pensamientos de cera. Las paredes empezaron a temblar seguidamente, conscientes de lo que se avecinaba, y una serie de truenos escabrosos conquistaron el cielo en diez mil promesas que decidieron que jamás se cumplirían. Y yo me levanté de la cama y no escuché mis pasos encogiéndose al miedo, y a esa formidable experiencia que a veces trae consigo la inexperiencia.

Al principio quise atar la agitación de mis manos a las grietas de la madera. Casi no podía evitar cerrar los ojos en el marco de aquella pequeña ventana, y renunciar a la vitalidad de mi cuerpo por tan sólo un momento. Sólo un momento. Y sentirme diluvio para hundirme en la arena, y la estrechez con la que esa ventisca acunaba el mundo poco a poco, amenazando la fragilidad de su supervivencia. Tardé algunos minutos en lograr sobrecogerme a esa sensación. A de verdad transigir el hecho de que sólo soy una mota de polvo inquieta e imperfecta en la historia de este planeta. Y a veces echo de menos sentirme así. Tan insignificante y pequeña. Texto y fotos: Paula Méndez para TENMAG

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