Hay días en los que sueño cómo rozan mi corazón inquieto y lacerante unas alas frágiles y temblorosas a punto de ser devoradas por un huracán de nubes y vacilaciones blancas. Siempre he pensado que son las de un águila, aunque nunca llego a verlas, ¿sabes? Porque enseguida observo a través de sus ojos sombríos y rasgados, el vendaval agrietando mi existencia frágil y etérea. Y entonces siento la aprensión acurrucándose entre cada uno de mis huesos inexpertos, y también la tierra envolviendo poco a poco mi cuerpo cenizo y sumiso, deshecho en todas las piezas que no se encontraron a tiempo. El huracán alcanza mi dulce y endeble figura de pájaro, pero yo no me muevo. Y la nada me atrapa entre sus manos, hasta reducirme al polvo que acaricia la vida sin lograr sentir nada más que su aspereza.

Es extraño pero, cuando abro los ojos, todavía noto la frigidez con la que mi piel adormecida se contagia en ese momento. Y sé que sólo ha sido un sueño, sí, pero no puedo evitar desenterrar de él una sensación que me conquista desde hace tiempo. Me gusta llamarlo “about blank” o, como escritora a veces frustrada, el síndrome de la página en blanco. Quizás porque cada vez que me invade, se paralizan mis ganas y también esa brújula que guía mis movimientos imprecisos en mitad de este desierto infinito y lánguido. Cuando esa sensación me apresa no sé a dónde voy, ni cómo devolverle el sentido a mis pasos. Mi respiración se acelera, y todas mis certezas se fragmentan en un centenar de renglones torcidos y sílabas maltrechas.

Y es que hace años, mi página en blanco se llenó de garabatos y trivialidades que mecían mi mundo de niña e impulsaban a deslizar mis pies entre la tierra árida, invitándome a soñar con recorrer junglas y castillos encantados. Supongo que entonces existía un camino evidente, una carretera de sentido único por la que simplemente seguir avanzando. Aunque no para siempre, claro. El tiempo perforó pronto el cemento, y deshizo kilómetro a kilómetro esa carretera en un abismo de inseguridades. Se emborronó entonces mi página en blanco en un río de tinta sin razones ni evidencias. Y la verdad golpeó mis mejillas, hasta reconducirme a mirar de nuevo un horizonte, una página de nuevo en blanco, que se asfixiaba por volver a ser tener un significado con el que volver a encontrarme.  

¿Cuántas veces habré llenado y borrado esa página? Creo que es imposible contarlas. Y no sé, puede que ya no me importe completarla tanto como antes. Puede que me haya cansado de escribir tantas teorías, tantas promesas pronto extintas e inexactas. Puede que ya no sienta los mismos nervios al ver cómo día a día dejo atrás a algunas de las personas que escalaron a mi lado estas dunas escarpadas e inconstantes. Que ya no vuelvan a arañarme esas espinas entre las que se enredaron mis errores, y lo que reconozco, también todos los engaños con los que me propuse un día hacer de esta vida algo más fácil. Que no tema dormir sola, que no eche de menos la lluvia a pesar de todo lo se ha llevado. Que ya no me importe sucumbir de vez en cuando a los huracanes más obstinados. Que prefiera volar, volar muy alto sin que exista un destino claro.

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