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Alex de la Iglesia: un hombre difícil, cuando menos. Una filmografía con una firma bien impresa que sin embargo ha viajado de punta a punta de nuestro común entendimiento sin que hoy sepamos muy bien dónde encontrarle. Con el estreno de su última película, El Bar, la duda se cierne sobre un director cuyas primeras obras fueron consideradas por muchos filmes de culto y creadoras de un nuevo método. Eso sí, no nos olvidemos, es uno de los que ha sabido hacer más rentable su cine en España.

El día de la Bestia fue una de esas obras. Aunque con asombrosa asiduidad se olvidan muchos del que fuera su primer cortometraje, Mirindas Asesinas. Una obra que llamó la atención allá por 1991 al ya consagrado Almodóvar y gracias al cual su productora, El Deseo, hizo posible el estreno de Acción Mutante, donde ya (o más bien, todavía) podíamos apreciar ese puntito trash que tanto enamoró a la crítica.

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Pero sigamos con El día de la Bestia; ganadora de seis premios Goya y con el acompañamiento de un Santiago Segura no tan conocido como hoy y una Terele Pávez que acompañaría por siempre al director, este film consiguió recuperar el cine negro de maestros como Hitchcock y mezclarlo con el surrealismo de Lynch, lo carnal de Almodóvar y la tradición humorística patria más sustancial.

El día de la Bestia consiguió recuperar el cine negro de maestros como Hitchcock y mezclarlo con el surrealismo de Lynch, lo carnal de Almodóvar y la tradición humorística patria más sustancial.

Llegarían más tarde cintas que iban perfeccionando todo aquello: Perdita Durango, Muertos de Risa o, por encima de todas, La Comunidad (2000). Una película en la que partiendo de un guión que para nada lo hacía esperar, consiguió crear una trama perfectamente hilada, intrigante y cachonda a la misma vez que hizo reposar sobre un aluvión de personajes (Carmen Maura, Manuel Tejada, Terele Pávez o Paca Gabaldón), dando a La Comunidad un dinamismo y riqueza muy especial. Más tarde, 800 balas (2002) o Los crímenes de Oxford (2007) siguieron alimentando el mito.

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Es entonces cuando llega Balada triste de trompeta (2010). Y me permito el lujo de asegurar que esta película fue su encumbramiento y perdición. Un punto de inflexión. Su perfección visual, montaje y fotografía dieron al cine de Alex de la Iglesia un nivel estético que la hizo entrar por los ojos de un espectador y una crítica para los que sus anteriores obras resultaban demasiado “cutres”. Con un guión, además, que mantenía al espectador pegado a la pantalla. Su agobiante atmósfera circense y sus personajes -quizá los que más miedo nos den de todas sus películas- hicieron que, entre otras cosas, se llevara premios a la dirección y el guión en el supremo festival de Venecia.

¿Qué pasó después? Pues pasó lo que tenía que pasar: que llegaron dos películas como La chispa de la vida o, especialmente, Las Brujas de Zugarramurdi (2013). La primera, al menos, de marcado carácter internacional (con fichajes como Salma Hayek) pero con un humor de ese más básico y vacilón que venía a juntarse con un guión que no nos decía nada nuevo. La segunda, gran fiasco del director vasco, con una trama que parecía continuar en los primeros minutos la estela marcada antes de Balada triste de trompeta pero que por momentos se iba convirtiendo en una comedia a la española de ironías manidas, de diálogos poco trabajados y cuyo final no hacía sino terminar de emborronarlo todo. Una pena, porque la historia y sus actrices más veteranas, como siempre, acompañaban.

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No tuve el placer de ver Mi gran noche (2015). Película, por cierto, que por lo que se pudo leer, es una perfecta antesala para la película que hoy nos ocupa. Por su elenco, visiblemente renovado y con nuevos fichajes como Hugo Silva o Blanca Suarez (repite en El Bar) y también por haber perdido ya ese airecillo esperpéntico y surrealista que recubría sus primeras películas. Los que la criticaron vieron allí, como veo también yo en la novísima El Bar que este viernes se estrena en las salas españolas, una cinta de humor más facilón y contemporáneo que no por ello, ojo al dato, pierde el ritmo caótico y lo original de su guión que caracteriza todas las películas de Alex de la Iglesia. Quizá demasiado frenética, dicen algunos, llegando a exasperar a un espectador que termina cansándose por superabundancia en el último tercio de la película.

Las últimas películas de Alex de la Iglesia son la evolución de un cine que sigue siendo único; películas que pasados 20 años, serán buenas.

Grabada en el mítico bar Palentino de Malasaña (la devoción de Alex de la Iglesia por Madrid sigue siendo inagotable) donde los personajes viven un eterno encierro, es en cualquiera de los casos la continuación de la obra de un director que ha sabido imprimir una visión personal en cada una de sus obras, que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y que (esto también es hacer cine) ha sabido hacer rentable su arte en una industria cada vez más difícil. Seguramente, sus últimas películas no sean sino la evolución de un cine que sigue siendo único; películas que pasados 20 años, serán buenas. Objetos de culto de nuestro cine que muchas veces solo sabemos apreciar a toro pasado.

El Bar se estrena mañana en salas de nuestro país.

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