Si contase peniques por todas las veces que he pensado en mandar esta carta, sería millonaria. Y aún así, todavía siento cómo tiemblan mis nudillos en el desesperado intento por deshacerla en el centenar de fragmentos de papel que se perderían para siempre en un cajón de olvido y frases que pudieron hacer historia. ¿Te imaginas por qué no? Porque no tengo dónde mandarla. Nunca tuve una dirección. Un buzón secreto e improvisado. Ni supongo que tampoco las fuerzas para pensar en encontrarlo.

Creo que nunca antes me había atrevido a decirlo en voz alta pero, te echo un poco de menos cada día al levantarme y todavía algo más cuando me abrazo las rodillas de noche, en el sofá, y no estás conmigo para arroparme. Ayer, de hecho, con los ojos entrecerrados, volvi a soñar que acariciaba esas alas blancas y suaves con las que, de niña, solía pensar que volvería a encontrarte. Tu partida no parecía algo diferente a esos juegos de naipes entre los que solíamos enredar nuestras horas de verano, ¿sabes? Te habías perdido, y de la misma manera, yo y mis alas de halcón solitario, haríamos lo imposible para traerte de vuelta. Y lo conseguiríamos, claro.

Sólo que nunca regresaste. Y, no te creas, pasan los años y con ellos se difumina cada vez más tu rostro sin que mi corazón vuelva a estrecharse. Apenas puedo recordar tus ojos. Tu nariz aguileña. Y ese principio de barba mal recortada, con la que me arañabas sin tan siquiera darte cuenta. Aunque me quejara. Un banco de niebla se ha arraigado en mis escasos recuerdos, sí, en cada uno de ellos. Y se han hecho aún más gruesos los cristales de esas ventanas, entre las que asomaba el rostro un momento, sólo un momento, para que pudiésemos volver a hacernos eternos como antes.

Puede que me haya acostumbrado al hecho de que seas invisible, pero no a que sigas en todas partes. Porque siento tu presencia en mi melena cuando la abraza el amanecer de un sol templado en invierno. Como también está en el susurro de las ramas del árbol que se mecen en días como hoy frente a mi cuarto. Te hiciste lágrimas en aquel cine vacío y de paredes desgastadas. Y aire, y risas, y promesas vacías en ese avión con el que decidí perderme por el mundo hace algunos años. Porque nunca regresas. Al menos no del todo, ¿entiendes? Nunca vuelves a estar a mi lado. Así que quiero, necesito, y te pido que te marches. O, si existe una manera, que consigas, sea como sea, reaparecer, y ese antes se convierta en un ahora pronunciado. Porque, supongo que como te harás a la idea, yo sólo puedo seguir respirando, aunque duela. Sólo puedo seguir hacia adelante. Y tú no me dejas. Y en realidad no quiero que me dejes. Ni hoy. Ni mañana. No me imagino un sólo día sin tratar de traerte de vuelta. Pero ya no sé cómo se hace eso si nuestros pasos no pisan más que dos mundos que jamás volverán a juntarse. Tú ya no estás aquí. Ni tu cuerpo podrá girar conmigo al mismo tiempo, una vez más, intentando vencer la velocidad de la Tierra.

Te digo adiós aunque ojalá no sea para siempre. Porque, sin ti, la vida no sabe de la misma manera. Fotos Paula Méndez.

Coméntalo

comentarios