Últimamente en mis salidas nocturnas se cruza siempre el mismo tema. Me gusta llamarlo ‘puertas abiertas’, aunque no, no tiene ninguna relación directa con la visita a un instituto o universidad pública, ni tampoco lo considero parte de ese refrán típico que cuenta que una puerta cerrada no es más que una ventana nueva descubierta. Todavía no sé si entiendo el concepto como tal, pero creo que una puerta abierta es una relación que, como una herida mal suturada, nunca ha llegado a cerrarse del todo, ¿sabes? Una conversación que no llegó a suceder, esa necesaria y desgarradora razón que nos hizo ser y ahora se escapa, o el abrazo con el que cruzar esa última mirada que afirma que, después de todo, volveremos a ser dos extraños mañana.

Todos tenemos alguna puerta entreabierta, ¿no crees? Sólo que la holgura que dejamos para cerrarla dependerá mucho de la persona que se quedó tras ella. Hay personas que aferran cada día al amanecer sus manos indecisas al pomo y esperan a que el universo decida. Hay otros que las entierran entre sus peores pensamientos y se asfixian cada vez que vuelven entre sueños o, peor, inconscientemente en cualquier momento del día. Y bueno, sí, hay también gente que consigue olvidarlas sin más, y seguir adelante sin que vuelvan a significar nada diferente a una cicatriz impenetrable sobre su piel descubierta.

Yo confío en que cerré algunas puertas definitivamente. Y en cambio, confié ciegamente también en que otras volverían de pronto a abrirse para cambiar mi vida para siempre. En concreto una que durante un tiempo crujía inquieta entre mis huesos, haciendo temblar mi corazón inexperto cada vez que dudaba de si seguía existiendo ese hueco ínfimo e invisible al resto, por el que cupiesen mis dedos deseosos de volver a encontrar tras ella tu rostro apacible y sereno. Aunque sólo fuese por un momento. Sólo un momento.
Y es que supongo que la vida es eso, ¿no? Un cúmulo de puertas que pueden cambiarlo todo de un momento a otro. Sólo que a veces no nos concentramos en las que de verdad merecen la pena. A veces miramos durante tanto tiempo a la puerta que se cierra, que vemos demasiado tarde el resto. ¿Pero y si…? ¿Y si no…? Resuenan en nuestra cabeza las preguntas que podrían derribar la madera en un centenar de astillas con las que se desharían en el aire también las dudas que nos dehacen por dentro. Cada puerta es única y un corazón indeciso no sobrevivirá a una entreabierta durante demasiado tiempo. El mío te lo corrobora.

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