El traqueteo constante de un autobús amarillento y destartalado. Ese calor húmedo y sofocante. La piel impaciente, y todas esas canciones que suenan iguales. Suspiros, susurros de pasajeros que desearían estar en cualquier otra parte. Y mi mirada perdida en un paisaje increíblemente hermoso pero… Interminable.

Era 9 de julio, y atravesábamos desde hacia horas el centro-oeste de Vietnam, en su frontera más pedregosa con Laos. El sol se apagaba, prometiendo nuevos horizontes. Pero cada montaña traía consigo otra montaña más parecida a las que habíamos visto antes.
No sé cuánto tiempo pasó, pero, por fin, el autobús decidió pararse. Mis piernas adormecidas se volvieron ágiles de repente, y fui una de las primeras en bajarme. Estábamos en un mirador en lo que se asemejaba al punto más alto de la cima, completamente dominado por la preciosidad de las vistas y cuatro o cinco mujeres y sus tenderetes ambulantes. Pulseras, pañuelos de seda desgastada y bolsitas de té entre gritos y súplicas desesperadas a un turista ignorante. No sé por qué pero, de pronto, el autobús parecía el mejor sitio donde quedarse. Y estuve a punto de volver hasta que la vi a ella.

Era una chica joven de ojos oscuros y rasgados que me miraba sonriente. En realidad sus labios finos estaban completamente sellados, pero ella, con su mirada curiosa y su mano derecha agitándose, me invitaba con ganas a alejarme de aquella avalancha de negocios y engaños.
Cuando me acerqué, me habló en un inglés bastante limpio y puritano.
– ¿Cómo te llamas?
– Paula.
– Mmm… Creo que me gusta –dijo, acariciando su melena sedosa y atezada–. Puedes quedarte si quieres un rato, Paula, aquí nadie va a molestarte.
Me reí y quise preguntarle su nombre pero, cuando volví a mirarla ya no estaba. Aún quedaban unos cinco minutos de parada así que ojeé por encima el centenar de objetos que tenía en venta, encima de una mesa grisácea. Casi al final, reparé en unas pulseras de metal grabadas. Cuando mis dedos rozaron una de ellas, escuché de nuevo esa vocecilla inquieta. Sabía lo que iba a preguntarme.
– ¿Sabes cuál es el animal que representa tu año de nacimiento en nuestro calendario? –me dijo, apoyada sobre la pared carbonizada–.
– Sí, contesté rápido –era una de las conversaciones que más se repetían durante el viaje–. La serpiente. Soy de 1990 –la pulsera que yo sujetaba tenía una dibujada–.
Sus ojos afilados se abrieron con emoción y sorpresa. Otra vez me dirigía aquella sonrisa tan invisible como cierta.
– ¿Cuándo es tu cumpleaños? –su curiosidad le obligó a acercarse esperando la respuesta–.
– El 18 de Enero.
– ¿De verdad? –sus mejillas se encendieron, y su boca se abrió tanto que tuvo que tapársela avergonzada con las manos–.
– Te lo prometo –dije, sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo–.
– También es el mío. Nacimos el mismo día del mismo año.
Entonces ocurrió algo. Nuestras miradas por un momento, se cruzaron conscientemente en el mismo pensamiento. Y durante ese instante, me vi a mi misma en sus ojos brillantes y negros de una forma en la que hacía años no me había contemplado. Después de darle un billete de 100 dongs, me subí al autobús y me puse la pulsera. Miré por la ventanilla una vez más, pero la chica había vuelto a desaparecer entre la marea de gente y aquella cadena de montañas infinitas. Todavía no soy capaz de saber si entonces me mintió o no para lograr una venta, pero… Eso no evitó que me preguntase una y otra vez ¿Y si yo fuese ella? ¿Una chica vietnamita ganándose la vida en aquel mirador esperando a un autobús lleno de turistas? ¿Sería una persona completamente diferente a la que soy ahora? ¿O acaso hay rasgos de nosotros mismos que siempre van a estar, sin importar de dónde vengamos? 

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