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– ¿Crees en el destino?
Son cuatro palabras que desentierran mi mirada de entre las sábanas, y como una noria desenfrenada en una feria a mitad de verano, enredan mis pensamientos en la extrañeza.
– ¿Cómo?
– Contestar a una pregunta con otra es trampa…
Encoges los hombros de esa manera en la que se hunde aún más esa clavícula tatuada. Parpadeas dos, tres veces. Y tus dedos acarician las puntas de mi melena mal recortada, esperando. Todavía no puedo creer que hayan sido tus labios esas palabras. No eres tú. No sé. Por lo menos no el lado que me has dejado conocer hasta hace unos segundos exactos.
– Que te estoy vacilando, boba…
Sólo es una de tus bromas. Te incorporas, y tu dedo índice se resbala por mi tabique pecoso y algo curvado. Lo sabía. Bueno, en realidad no, no me lo esperaba. Pero nunca voy a reconocértelo, claro.
– ¿De verdad me crees capaz de hacerte una pregunta como esa?
– No… -cruzo los brazos, intentando quizás hacer mis mentiras menos obvias escondiendo mi mirada entre las vigas agujereadas del techo-.
– Ya… -asientes con la barbilla y frunces los labios en una mueca deshecha- claro.
Me apoyo sobre mis codos y te doy un manotazo suave sobre tu hombro contraído y bronceado.
– ¡Yo que sé! -balbuceo, aún intentando absorber el rubor que ya siento crecer sobre mis mejillas avergonzadas- A lo mejor el agua del mar te ha dejado transtornado…
– Mucho me tendría que transtornar para volverme un ‘hippie’ que cree en el destino y en la alineación de los planetas -juntas las manos y tuerces la cabeza, puede que como una representación torpe de esa idea de ‘hippie’ de la que tanto te mofas- Soy sagitario, ¿crees que eso significa algo?
Te ríes, y se pronuncia sobre tu mejilla ese hoyuelo que me encantaría hundir un poco más entre mis manos. Yo me acerco a ti más. Un poco más. Y encadeno mis pensamientos a tus ojos almendrados.
– Nunca digas nunca.
Te apoyas sobre el cabecero de la cama, puede que haciendo oídos sordos a mis últimas palabras. Tu pelo rasurado se electriza levemente, y se retuercen tus manos inquietas, casi como una brújula fuera de control ansiosa por marcar, por una vez, una dirección distinta a la real o cien por cien exacta.
– ¿Te apetece un baño en la playa? – dices, todavía sin apartar la mirada de entre los huecos de la persiana que susurran sutilmente que ya es por la mañana.
– Mmm… -pongo los ojos en blanco- no sé. Lo mismo con tres minutos en el agua ya me estás preguntando que si creo en la reencarnación o alguna cosa por la que de verdad tenga que preocuparme.
Encojo mi cuerpo entre las sábanas para huir de la almohada con la que sé que vas a sentenciarme. Y grito levemente, cuando tus brazos tiran de mi cuerpo para atraerlos contra el tuyo, en una arrolladora y dulce venganza en la que me dejaría atrapar para siempre. Aquí o en ninguna parte. Fotos Paula Méndez

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