7 de Octubre de 2012. 15:34h. Y la noria más grande que jamás había contemplando, acechándome. Me aterran las alturas, ¿sabes? Pero ese día no podía enterarse nadie. Caminaba con unas zapatillas redondas y algo más grandes de lo normal para mi casi talla 40, levantando la tierra de una feria llamada ‘Goose Fair’. Estaba de erasmus en Nottingham, Inglaterra. Y mis nuevos ‘mates’ de clase avanzaban entre puestos de manzanas caramelizadas y escopetas de perdigones desviadas, con los ojos entrecerrados por un sol demasiado relumbrante a lo que estaban acostumbrados. No recuerdo exactamente a qué habíamos ido allí, sólo de cómo Jessie torcía exageradamente la boca, supongo que para hacerse el interesante delante de Gabriella, una chica italiana de coleta alta y uñas un día pintadas de azul eléctrico. Creo que, en ese momento, Mike H., se paró a probar suerte en una ruleta desgastada, una y otra y otra vez más, mientras el resto le esperábamos impacientes frente a un tiovivo de luces y melodías nostálgicas.

A mí todavía me daba un poco de vergüenza mi inglés oxidado del instituto, así que asentía enérgico con la cabeza y, si hacía falta, balbuceaba algún monosílabo de vez en cuando para que mi compañera de Ciencias Políticas, Lexie, no pensara que pasaba de ella y de su crítica exhaustiva al último capítulo del libro que leíamos para clase. Me costaba escucharla, la verdad. Mis ojos estaban aún anclados en esa noria de colores hace años pastel, y entonces sólo grisáceos, así como en la fotografía por la que estaba a punto de atraparlos para siempre. Click. Mi dedo pulgar se resbaló ágil por la palanca para hacer avanzar el carrete hasta la foto siguiente. Y Lexie seguía hablando, con las manos sobre sus gafas baratas de pasta asimétricamente cuadradas, y su flequillo rubio alborotado. Pensé en besarla, sí, ahora lo recuerdo. Aunque por aquel entonces todavía no tenía claro si éramos algo más que simples compañeros de clase. Pero el universo decidió intervenir y aplazar lo que pudo haber pasado.

Mike H. nos gritó mientras se lanzaba a la carrera que corriéramos. Aún me acuerdo de la mirada verdosa de Lexie congelada en la inercia, y del batido de fresa que Jessie compartía con Gabriella, tiñiendo de rosa ese azul opaco de unas nubes entre las que ya desaparecería el sol hasta el día siguiente. Lo cierto es que no sé que había hecho Mike H., pero el grito con el que nos condenó aquel feriante de cabeza rapada fue suficiente como para que le siguiéramos todos en esa carrera sin hacer preguntas antes. Y nos fugamos. Agarré fuerte la mano de Lexie y con la otra sostuve mi cámara analógica y la cinta que la hacía colgar de mi cuello, por si acaso. Me hubiese gustado hacer una foto del lunar que hacía balancear el miedo de Lexie entre sus labios. Y también del pelo de Jessie manchado de batido de fresa, provocando todavía más la lluvia de miradas de los transeúntes, para ellos, en un día cualquiera de feria. El bosque estaba muy cerca, y Mike H. propuso que nos escondiéramos. A mí se me salían las zapatillas, pero no paré de correr hasta sentir que rozaba las nubes con los dedos agitados. Fotos Paula Méndez.

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