Que la sinopsis oficial no llame a error: si bien el arranque con el hallazgo de un cadáver en las aguas tranquilas del título hace presagiar una historia con visos (si no esencia) policíacos, échense a un lado aquellos que busquen en el suspense el atractivo (en todo o en parte) de esta película. Asumido tan mórbido descubrimiento, a los pocos minutos de metraje, como mera anécdota iniciática en el relato, la prioridad de Naomi Kawase de lo poético frente a lo narrativo es obvia.

Con el esplendor de una isla subtropical japonesa como escenario y protagonista último de la obra, cada uno de los planos que conforman esta opulencia hiperesteticista rivaliza en lirismo con el resto, configurándose el conjunto como una antología en imágenes de la belleza: la quietud de una puesta de sol desde la orilla, la brisa que mece los arrozales, los diminutos peces que bailan entre arrecifes coralinos, los rayos de sol que se atisban desde las profundidades de El Gran Azul, la espuma blanca de las olas, el piar de los pájaros y el batir de sus alas, los cadenciosos paseos en bicicleta por el litoral, el germinar de las hortalizas, el crepitar de la hoguera bajo el cielo estrellado… Kawase customiza así la máxima “el cine es imagen” reivindicando ésta no ya como instrumento al servicio del relato, sino como valor absoluto en sí misma, apelando a nuestro lado flâneur en secuencias silenciosas, musicales, que llaman a un estado contemplativo característico de gran parte de la cultura y el cine orientales. Semejante preciosismo no es óbice para que, entre tanta majestuosidad visual, brille con luz propia una historia de exploración y de búsqueda, de atracción y rechazo, de despertar sexual y reparos, de malentendidos y tensiones familiares, de complejos y orgullos heridos, de autoafirmación, amor, espiritualidad y muerte. Grandes temas apuntados desde otra máxima, “más vale sugerir que enseñar”, que exige espectadores que sepan apreciar la sutileza.  

Quién: Naomi Kawase, realizadora y documentalista japonesa cuya obra celebra la naturaleza desde el misticismo y la serenidad.
Qué: Una historia de amor entre dos adolescentes con el exuberante paisaje tropical en primer plano.
Dónde: En una pequeña y paradisíaca isla de Japón.
Cuándo: Hoy y siempre.
Por qué: Por su desbordante lirismo y su silenciosa elocuencia.

 

TRÁILER

Posología: Devotos del karma y practicantes de la meditación trascendental, el yoga, el shiatsu y el feng shui.
Contraindicaciones: Forofos de la Fórmula 1, etnocentristas culturales y fans del montaje de Guy Ritchie.
Efectos secundarios: Síndrome de Stendhal y cierto entumecimiento motor.
Véase también: “El bosque del luto”, la película más valorada de Kawase, un emotivo canto al amor en la vejez en el marco de la rebelde frondosidad forestal.
Pedigrí: Nominada a la Palma de Oro en el pasado festival de Cannes. 

 

BANDA SONORA ORIGINAL

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