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Si hay una serie que ha roto con la poliédrica normalidad consensuada que nos depara día tras día la programación televisiva, ésa es BoJack Horseman. Para contemplar con la sonrisa torcida, la vida de este sentido caballo, adicto al alcohol y al sexo, ha cautivado a cientos de miles de personas que encuentran más humano a este ser que al 99% de bípedos provenientes de la rama neandertal. Y no es para menos, de sus conductas patéticas a su relación tan particular con los humanos, transciende un poso de empatía en la forma del trato habitual que se lleva hoy en día, cada vez menos natural. Así lo ha venido mostrando tanto él mismo como personajes tan estrambóticamente normales como el perro labrador Mr. Peanutbutter que, a su vez, está casado con Diane, un personaje humano.

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No cabe duda de que uno de los puntos de los focos de creatividad más sugerentes que nos ofrece el panorama actual es el de tratar lo excepcional bajo un prisma de normalidad aparente. Y en este sentido, BoJack Horseman es un prodigio que, además, aprovecha su perfil, aparentemente alejado de la realidad, para lanzar dardos envenenados contra la industria de Hollywood. Pero, sobre todo, a la hora de desmontar los consensos más estereotipados sobre el comportamiento humano. Algo así como una versión animada, rebañada en LSD, de la insuperable Seinfeld. No en vano, tampoco debemos pasar por alto el perfil desgarbado de estos dibujos, capaces de plantear maratones de drogas y situaciones de humor tan negro que congelan la sonrisa hasta la siguiente visión de la escena. Por todo ello, la cuarta temporada se presenta más necesaria que nunca para revitalizar una parrilla tan variada como poco proclive a sembrar clásicos instantáneos como en la década pasada.

La cuarta temporada de BoJack Horseman se estrena el 8 de septiembre en Netflix.

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