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Andy Warhol y The Velvet Underground lo sabían: pocas cosas hay en el mundo tan incitantes como un plátano. Una convicción a la que ahora se suma Bobby Abley, el diseñador británico más gamberro del momento, que ha decidido que su colección para este invierno merecía tener como embajadora una flamante banana. No es casualidad: colorista y juguetón, el mood del joven creador destila aires pop por los cuatro costados. La apoteosis: su debilidad por el cartoon (disney mediante), que lo perfila, ahí es nada, como digno sucesor de Jeremy Scott. Come out and play!

Groucho Marx estaría de acuerdo: la vida es indigna sin una buena carcajada. Bobby Abley probablemente no se parará jamás a reflexionar sobre ello, pero no olviden el dicho: por sus actos los conoceréis. Y, a juzgar por las cuatro colecciones que lleva a sus espaldas, una cosa es evidente: este joven de temperamento festivo e impetuoso poco tiene que envidiar al acaudalado enfant terrible Jeremy Scott, cuyo mayor mérito a día de hoy radica en haber elevado la mitomanía pop a la altura de las grandes pasarelas. Exponemos a continuación unas cuantas pistas que nos empujan a pensar que la broma de Bobby Abley va muy en serio.

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Idilio pop. El mainstream como canal para la expresión individual: he ahí la paradoja que sustenta la apuesta de Abley. Contrariamente a aquellos que pretenden emparentar su carácter díscolo con la irreverencia antisocial del punk, el diseñador abraza sin reparos la etiqueta de diseñador pop: “Ser pop consiste en usar los códigos mainstream para hacer algo diferente. Respeto la moda conceptual, pero jamás haré algo así. El hecho de que mis prendas tomen referencias de la cultura popular no las hace menos bonitas. Me tomo mi tiempo para que los acabados y el corte sean perfectos”. Blancanieves, La Sirenita, La Bella Durmiente y El Libro de la Selva, cuatro hitos para otras tantas colecciones que evidencian una relación aún más afianzada: la que lo une a la industria Disney.

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Visión comercial. Es de perogrullo: si no vendes, no hay nada que hacer. El éxito y las cifras son indisolubles. Consciente de ello, Abley ha tejido una red con presencia destacada en concept stores de la talla de Colette o Dover Street Market y puntos de venta en las principales capitales del mundo. “Mi principal cometido cuando diseño es que la gente quiera llevar mis prendas. Si el cliente no compra, no hay marca que valga. Hay quien cuestiona la calidad y mérito de mi trabajo porque la iconografía es muy directa, pero no merece la pena pensar en ello. Al final, las cifras me dan la razón”. Pragmatismo al poder.

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Respect. Es de bien nacidos ser agradecidos. Véase también: no muerdas la mano que te da de comer. Bobby lo sabe y, pese a su desparpajo, no cae en la trampa de alimentar el malévolo gossip mediático y su avidez de crear tensiones con su big brother Scott (con quien, digámoslo ya, tuvo a bien trabajar como asistente en un par de colecciones). Instado a pronunciarse sobre el tema, lo despacha con humilde cordialidad: “Entiendo que algunos quieran vernos como enemigos, pero es algo insano. Un poco de competitividad está bien, pero es mejor ver al resto de diseñadores como colegas. Jeremy lleva en esto mucho más tiempo que yo y siento un profundo respeto por él y por el éxito que ha conseguido”. El tiempo dirá si los precios de las sudaderas de Abley se escribirán algún día también con cuatro ceros. Entretanto, a ustedes toca cerrar el silogismo.

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Antecedentes: Licenciado en la universidad de Ravensbourne (Londres), dio sus primeros pasos junto a Jeremy Scott, de quien se independizó formalmente gracias a MAN, la plataforma para diseñadores emergentes de Topshop. Debut: Su colección primavera-verano 2014, un batiburrillo de motivos infantiles con la Blancanieves de Disney como hilo conductor. Ya entonces sabía que la nostalgia es el material con el que se tejen los sueños. Logo: La negra silueta de un osito de peluche, inocencia reducida a su mínima expresión. Elocuente y efectivo. Bobby en seis palabras: divertido, ocurrente, lenguaraz, travieso, icónico… y rentable.

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A pesar de su compartida insolencia, lo más parecido a un renuncio en el tira y afloja entre Abley y Scott es una nadería: “Recuerdo una crónica que decía “La ropa de Bobby viene de regalo con un Happy Meal” y alababa la colección de Jeremy, que era literalmente un Happy Meal”. Lo cortés no quita lo valiente.

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