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1996, y las horas ancladas
a las nubes más aparentemente inofensivas
y sombrías de una tarde cualquiera.
La temprana ausencia del verano magullaba
nuestras pieles frescas y ambarinas,
Septiembre había llegado. Y, sin embargo,
apenas lograba amenazar con sus falanges
tibias y desgarradoras,
nuestros planes, sonrisas,
nuestros cuentos más fugaces.

Creo que, entonces, hubiésemos confiado
cada uno de nuestros sueños más preciados
a ese cielo envejecido y grisáceo.
Supongo que la vida no importaba tanto, ¿no?
Que las horas prometían una eternidad
adormecida, pero íntegra y bárbara.
Y que ni tú ni yo,
soñábamos tan fuerte,
ni tan alto como ahora.

Y aunque sé que no
debemos llorar por el ayer,
sólo quería que supieses
que, si por mi fuese,
volvería a ese patio de adoquines ocres y embarrados,
a saltar las columnas y esos charcos deshechos,
y a devolver mis ganas al cielo.
A arañar, deshacer, derrumbar mis pensamientos.
A perseguir a todos esos pájaros al vuelo,
Sin que pareciese imposible unirnos a ellos.

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Fotos Paula Méndez

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