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A veces la vida es más fácil con los ojos cerrados. O eso dicen ¿no? Yo no sé si alguna vez he creído en esa frase. Sólo sé que cruza mi memoria cada vez que me acuerdo de aquel día, en el que mi vida se volvió un poco más anormal de lo acostumbrado. Era martes, jueves o sábado, quién sabe. Pero yo tenía cita en el hospital, me parece que para hacerme una radiografía de un tobillo que me había dislocado hacía meses, y debía comprobar a petición de una preocupada y amenazadora madre capaz de llamarme cada día por el asunto, si mi articulación inquieta había decidido volver a su sitio. Si a día de hoy tuviese que rememorar aquel momento, sólo podría murmurar algo sobre el pelo rojizo y desmelenado de la doctora y de un reloj de pared torcido sobre su escritorio recién encerado. No recuerdo nada más. El instante de después eclipsó esa hora, ese año, y cada uno de los segundos en los que mis ojos hayan podido aprender algo de este mundo tan extraño en el que ella y yo, en un día imprevisto y aparentemente igual que a demasiados, nos encontramos.

Una chica de pelo lacio negro me esperaba tras la puerta de mi consulta. No estoy seguro de si me buscaba a mí en concreto, o a cualquiera que hubiese ese día tras aquella puerta. Tenía una hilera de pecas que recorría su tabique nasal, y gran parte de las cuencas de aquella mirada cristalina y perdida, con la que paralizó cada una de mis células. Llevaba unas Dr. Martens negras desgastadas, y un vestido gris deshilachado, muy deshilachado, a través del cual asomaban unas letras en cursiva de algún mensaje tatuado, que me hubiese gustado leer, aunque sólo fuera a medias. Apenas pasaron unos segundos de que hubiese salido de la sala cuando ella me preguntó si podía llevarle a alguna parte. Y yo no iba a negarme, claro. Lo único que me hizo recapacitar, ya en el ascensor hacia el aparcamiento subterráneo, fue la bata de hospital que asomaba desde su mochila de cuero desteñido entreabierta.

Se llamaba Astrid, y había nacido en Conneticut. Pero sobre la bata de hospital no quiso hacer comentarios. Sólo mencionó, mientras paraba el vehículo en el primer semáforo de la intersección más cercana, que un tal Mike y sus padres habían intentado convencerla de volver aquel mismo día a casa. Yo le pregunté si quería contarme qué le había pasado, pero parecía que no me escuchaba. Fue algo parecido a poner la radio, o una cinta cassette de viejos recuerdos de la infancia. Algo en lo que uno se quiere incluir, y sin embargo sabe que está tan fuera de su alcance como cualquier otra galaxia.

Intenté concentrarme en descubrir qué ponía en su tatuaje mientras hablaba, pero los aspavientos de sus manos me desconcentraban. Y todavía no me había dicho a dónde quería que la llevara. Así que yo conduje por la carretera del oeste, dirección al océano. Astrid, conforme pasó la primera hora, fue deshaciéndose en los destellos de esa persona que había dejado de ser, sin siquiera haberse dado cuenta. Al parecer había caído en coma después de un grave accidente de moto, no sé si ella sola o conducía otra persona, no quise interrumpir su historia. Y aunque sólo habían pasado dos semanas desde que había despertado, no encontró en su interior las piezas que le faltaban para volver a ser la que era. Y las lágrimas resbalaron por sus mejillas de porcelana cuando la arena se enredó entre sus pensamientos en aquella playa. Y yo la estreché entre mis brazos, sin saber cómo consolarla.

Pasamos algunas horas así, vigilando las olas. Y yo me adormecí entre su pelo suave y sus ojos despiertos, siempre despiertos. Hasta que la noche me la arrebató y se perdió entre sus sombras, quién sabe por cuánto tiempo. Fotos Paula Méndez

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