Romper prejuicios es, en ocasiones, uno de los mayores retos a los que se somete todo aquel cuyo trabajo está ligado a la creatividad. Aún más admirable es tener la capacidad de hacerlo sin perder ni un ápice de esencia. Ana lleva años lográndolo. Es un placer sentarnos con ella para hablar de moda, presente, evolución y todo lo que ello conlleva.

Es evidente que estamos ante un cambio en la moda masculina, ¿qué crees que está pasando? Que se están perdiendo un poquito ciertos prejuicios adquiridos desde hace generaciones. Afortunadamente, esta última generación ya no pone etiquetas de lo que es gay, lo que es hetero, lo que es “hetero-gay”… Ahora es más común reírse un poco de todo esto. Tú llevas varias temporadas apostando por el hombre en falda. Todo este tema de la androginia o lo unisex, ¿tiene más de tendencia o de evolución? Hay parte de tendencia. La moda siempre es un juego. Prueba de ello, por ejemplo, fue el fenómeno Kurt Cobain y todo este movimiento en el que hasta el más súper pijo llevaba un jersey roto que le había costado una fortuna. Siempre hay una tendencia en estas cosas, pero eso está muy bien. La moda es bonita porque es caduca, y es bonita también porque es perdurable. También parece que estamos ante una “sportivización” de la moda… Y no sólo en moda sino también en nuestra forma de vivir. Hay algunos diseñadores que tienen culpa –por supuesto, en el buen sentido- de esto, como por ejemplo Alexander Wang, que hizo una colaboración con H&M en la que todo era ropa deportiva. Está muy bien porque también rompe ciertos prejuicios. Se va rompiendo el sistema y ciertos tabús, y eso es chulo. Aunque también hay ciertos códigos que hay que seguir en ocasiones. Un icono de elegancia masculina que hayas tenido desde niña… Christopher Walken siempre me ha encantado, lo veo un poco como el dandy moderno. Además es un tío muy especial, extraño, de esas personas que te puede salir por cualquier sitio y sorprenderte. Para ti, ¿hay límites? No, y además intento que no los haya. Siempre corro riesgos en cada colección. Es también mi manera de sentir que voy avanzando. Si te estancas en una fórmula de “éxito”, acabas quedándote atrás. ¿Cuál es la clave para innovar e intentar rebasar estos límites y que lo que haces siga siendo ponible? Cuando empecé hace ya muchos años con mi anterior firma sí que había una necesidad de sorprender, de acaparar la atención… Por eso Shocking se fue fuera. Ahora yo hago prêt-à-porter, y ahí tienes que tener muy claro que lo que hagas tiene que ser wereable –¡me encanta esa palabra! (Risas)-. El prêt-à-porter te permite contar tus historias y expresar lo que quieres en cada colección. Algo que no podría hacer si solamente hiciera ropa de cóctel. En España hay una tendencia muy fuerte a eso. Todos los diseñadores, incluso los más jóvenes, están haciendo Costura. Entiendo por qué, porque evidentemente el profit es mayor. En España hacer prêt-à-porter es muy complicado porque no se vende. Debido a las grandes cadenas de low-cost la gente se ha acostumbrado a no gastar más de treinta o cuarenta euros en una prenda. Obviamente yo no puedo competir con eso. Entonces al final mi producto tiene que salir fuera de España. ¿Cuáles serían los porcentajes del factor vanguardia y el factor comercial para un “cóctel prêt-à-porter” perfecto? Quizá el test perfecto para saber si lo has logrado es que cuando cuelgas las prendas en una percha y se ve toda la colección junta, la colección funcione sin necesidad de contar la historia que hay tras ella.

Detalles del atelier de Ana Locking en Madrid. Arriba, la mascota Locking, una edición limitada del Lobster de Jeff Koons. Abajo, entre otros, calavera cerámica de Aitor Saraiba y muñeca de Sonia Rykiel. 

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