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Puedes leer aquí la primera y la segunda parte de esta historia.

Se entrecierran las puertas del vagón. Y noto como se anudan ambiguos a mi pecho todos los segundos en los que la eché de menos. Pensé que de verdad la había perdido esta vez. Que lloraría en su funeral y escondería una de sus camisetas favoritas bajo mi almohada antes de hacer desaparecer todo su cuarto en un centenar de cajas de cartón corroído. Suspiro. Pensé que su ausencia haría poco a poco de mi corazón una llama viva pendiente de ser asfixiada. Sólo que ella sigue aquí y me mira. Y no siente nada. Y ahora mi corazón se desgarra en el hielo con el que me sentencian esos ojos negros como si sólo contemplasen los de una extraña.

Han pasado unos dos minutos y medio y todavía no he dicho nada. El tren hace de los árboles meras imágenes del ayer y Abril se revuelve en su asiento y acaricia con su dedo índice nuestro silencio. Carraspeo y envuelvo mis manos la una a la otra. Quiero cerrar los ojos y pensar en otra cosa. Y lo hago. Y dejo que el movimiento erice mi piel y nuble una a una todas mis preguntas. Y siento cómo me hago pequeña e insignificante. Un accidente incierto a punto de ocurrir en un universo tan grande como el nuestro.

Abro los ojos. Abril ya no está sola. Un hombre le ha llamado Ana y ha besado su hombro descubierto. Y ahora la envuelve en sus brazos y la acuna como si fuese un bebé asustado. Y mis músculos se tensan en la extrañeza. Me levanto de mi asiento no-asignado con fuerza y siento el hielo en la mirada de Abril, clavándose en mi presencia. No puedo creer que me haya hecho esto. No puedo. Voy a esconderme en el baño hasta que dejen de fragmentarse en la insignificancia los recuerdos. Y luego me bajaré del tren y Abril no será más que una nube perdida en un cielo que nunca llegó a ser eterno. Cuando cierro la puerta del aseo noto cómo sus dedos frenan mi intento por deshacerme de ella. Abril se mete conmigo en el baño y se araña el cuello. Y yo quiero hacer de las lágrimas que surcan mis mejillas una hilera de indiferencia. Pero es Ella. Y desde el principio me es imposible ignorar su etérea y brillante existencia.

—Si sólo ibas a fugarte con un tío más, podrías haberme dicho algo, ¿no? —Mi voz se quiebra. Y mi mirada se entierra entre la mugre de estas paredes desoladas. —…Para dejar de pensar que te habías muerto y cosas de ésas.
—¿Tú y yo nos conocemos, verdad? — La oscuridad de sus ojos se ha vuelto frágil e imprecisa. ¿Encima quiere andarse con bromas? Está loca.
—¿Eres idiota, o qué? —Pierdo la paciencia— Mira Abril, si te vas a poner en este plan, prefiero que te largues.
—Me llamo Ana. —Dice, a un centímetro de mi fingida indolencia.
—Eres Abril. Si quieres engañar al moreno del tren es cosa tuya. —Sus dedos escalan hasta mi brazo y lo presionan hasta hacer palpitar mi pulso con fiereza. Sus labios tiemblan. Y la nieve agazapada en su rostro tibia mis emociones hasta hacer verídicas cada una de sus intenciones, nuevas hasta la fecha.
—Él dice que me llamo Ana… Y sé que te conozco, pero no recuerdo nada. Tienes que ayudarme por favor. No sé cómo salir de ésta.
—¿Pero qué dices?
—Por favor… —Sus pómulos se contraen en una mueca inquieta. Creo que nunca le había visto así. Tan… deshecha. — ¿Has venido ha buscarme? ¿Sabes por qué tenía un billete hacia Manchester?
—¿No lo sabes tú? —Niega con la cabeza y suspira, puede que un poco más aliviada de que por fin haya decidido creerme esta nueva artimaña. No sé qué trama. Pero hay algo en su mirada que no había leído hasta ahora. El miedo zafándose de ese escudo con el que a veces dejaba de ser humana. ¿Y si es verdad? ¿Y si no se acuerda de nada?
—¿Quién es ese hombre que te acompaña? ¿De él si te acuerdas? —Le pregunto.
—No… —Se muerde los carrillos. Y sus manos se columpian inquietas por los pliegues de su falda. —Pero él dice que es mi pareja. Y sabía que tenía el billete de este tren en el bolsillo. Él tenía uno también. Me desperté hace días en un hotel, y fue él quien vino a buscarme. Me dijo que me había caído la noche anterior y que era normal que no recordase nada. —Su mano todavía se encadena a la seguridad que le aportan las mías. Yo deslizo mis dedos sobre su estremecimiento. Y le prometo con mi mirada que no voy a soltarla.
—Yo soy tu compañera de piso. Y… tampoco es que fueses un libro abierto, pero ni he oído hablar de ese hombre, ni le he visto nunca en casa. Y sé a ciencia cierta que no te llamas Ana…

Toc. Toc. Toc. Llaman a la puerta. Abril pestañea y la aprensión se apodera de sus facciones de muñeca maltrecha. Fotos: Paula Méndez 

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