Miércoles, 13 de mayo. 15:56h. Madrid. Y tú entrando en el vagón más caluroso y abarrotado de la historia. Suspiro, e intento enredarme de nuevo a la hilera de palabras cargantes y confusas de mis apuntes de clase. Pero ya no me concentro. Mmm… No. Abro una página en blanco y escribo. Porque tengo trece razones para no dejar de mirarte:

Uno. Llevas una camiseta de los Pixies en un tren lleno de trajes y faldas de oficinistas demasiado prietas. Y sí, desde que la he descubierto, a más o menos siete metros de donde inicialmente estaba, me he cambiado de asiento y mi mirada se ha anclado a tu presencia.

Dos. Tienes como un millón de cicatrices y arañazos surcando tus brazos de acero inoxidable. No tienes miedo. Tu piel es efímera y un mapa de vivencias insólitas con las que seguir adelante.

Tres. Y la mía tiembla al pensar que, de un momento a otro, te gires y te marches del vagón sin que yo haya encontrado una excusa para poder hablarte.

Cuatro y puede que la más importante. Tus ojos son de almendra y están hechos de sueños, para otros quizá inalcanzables. Y no me miran. Todavía no he conseguido hacerme su única protagonista.

Cinco. Una niña asiática de apenas un año y medio gira su diminuto cuerpo alrededor de las puertas, y tú te ríes con sus movimientos de bailarina inexperta. Tu sonrisa es blanca y centelleante, como si de verdad lo sintieras, como si no estuvieses contagiado del gris que asfixia Madrid hoy en día, y nos hace poco más que sus sombras inquietas.

Seís. Y, por cierto, tus labios son de otro planeta.

Siete. El ritmo al que se han entregado tus Vans de cordones desatados entre paradas, me hipnotiza. ¿Un ritmo de batería o… sólo impaciencia? No sé. Pero no estoy preparada para que te marches todavía.

Ocho y mi favorita. Te sientas con la espalda arqueada. Y no puedo dejar de pensar en cómo se marcarán las vértebras en tu espalda ancha y perfecta.

Nueve. Cada aproximadamente dicisiete segundos, tu mano derecha se balancea sobre tu cuello, aferrándose a una cadena de plata fina y estrecha, y luego se pasea por tu pelo rasurado y… A mí, el pulso se me acelera. Voy a decirte algo. Me muerdo los labios. ¿Algo cómo qué? “Ey, ¿dónde te compraste esa camiseta?”, o el clásico, “oye, ¿puedes decirme la hora?”

Diez. Tu mirada se ha encogido ahora en el pavimento, y se han encendido tus mejillas como una hoguera en mitad de un bosque ahogado en la noche más profunda. ¿Te has dado cuenta de lo que está pasando? Uf, voy a parar un segundo de mirarte. Un segundo. Sólo un segundo y…

Once, dios qué (no) he hecho. Te levantas. No… Te levantas con el cuerpo firme y dejas tu asiento a un señor con sombrero y arrugas tristes y afiladas. ¿Te marchas? ¿O sólo…? Suspiro, todavía no has levantado la mirada del suelo. Pero al cambiarte de sitio te has acercado todavía más a mí y… Mi piel se ha electrizado.

Doce. Carraspeas, y bajas la barbilla, haciéndome aún más evidente la presencia en tu rostro de esa barba a medias. Oh, no. ¿Y si has leído esta lista? ¿Y si…? Vas a pensar que estoy como una cabra. Cierro el cuaderno con manos temblorosas, e inspiro hondo. Has dado un paso adelante. Ahora estás frente a la puerta. Y la voz robótica y jaspeada del tren anuncia que llegamos a la siguiente parada. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Mi corazón se acelera y mi cuerpo se revuelve en su inercia. No puedes marcharte. No puedes…

Trece. Se me ha caído el cuaderno al suelo. Y lo que parecen un centenar de páginas vuelan alrededor de los pasajeros, en posturas incómodas y el rostro desencajado ante mi torpeza. Me sonrojo y pongo cara de disculpa. Tampoco ha sido para tanto, ¿no? O sí. En realidad sí lo ha sido porque… Son tus manos las que me pasan confiadas ahora el cuaderno. Y tu mirada la que me atrapa para no volver a soltarme. Fotos Paula Méndez.

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