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– ¿En qué piensas?
Son tres palabras suaves pero inquietas, que acarician mi piel igual que el primer rayo de sol de un amanecer todavía espesado entre bancos de niebla.
– En nada –siento tu respiración pausada bajo mi muñeca izquierda, y dibujo con mis dedos el triángulo que forman tres de tus lunares sobre tu cuello de águila dorada–.
Cierro los ojos, y me acurruco un poco más en ese hueco que parece que alguien creó un día para mí, sin que yo sospechase siquiera que existiera. Y tú te ríes, y tu pecho se ondula en una ola en la que desearía convertirme en sirena.
– Venga… –sé que esos ojos de miel y sospecha no me van a dejar salir airosa– Tú y yo sabemos que esa cabecita no deja de pensar aunque sea lo que más quieras.
Me revuelvo sobre mis hombros, y finjo buscar entre los nudos de mi pelo una horquilla y quizás la respuesta. Odio que me conozcas tanto después de tan poco tiempo. Chasco la lengua. Tú te incorporas, despacio, intentando no hacer ceder mi cuerpo de ese milímetro del tuyo en el que nos hemos anudado, no sé si para siempre, pero puede que para un tiempo más largo del que deseamos.
– Sólo me acordaba de cuánto me gustaba esta época del año antes, ¿sabes? –no, claro que no lo sabes–. Ése momento de terminar las clases y tirar los libros por los aires, o… Bueno, de guardarlos en los armarios si eran interesantes –te ríes, y arqueas las cejas creo que todavía un poco asombrado–. Siempre tenía entradas para algún festival, o un viaje planeado para llegar a dormir en la playa esa misma noche… De repente podía ser otra persona completamente diferente a la que había sido hace apenas unas horas –me tiembla el labio inferior. Lo muerdo aunque sin mirarte– y supongo que lo echo de menos.
Suspiro, y enredo mi timidez entre las sábanas rugosas y pálidas. No sé por qué te he contado todo esto.
– ¿Y crees que ya no puedes hacer eso? –tu mano se entierra en mi clavícula, y mece mi piel en una sensación de eternidad y vacío que me enamora y a la vez me aterra–.
– Este verano es diferente.
– ¿Por tu trabajo? –frunces ese hoyuelo en tu mejilla derecha, puede que tomándome en serio–. ¿O es que de repente tienes más… responsabilidades?
Supongo que es extraño hablar de algo así cuando apenas conoces a la persona que tienes al lado. Tendría que haber dicho que me dolía la cabeza.
– Sí… En parte –mi corazón se acelera cuando pestañeas. Me apoyo contra la ventana, y abrazo mis rodillas. Espero que no te hayas dado cuenta– es como que ya no me ilusiona igual que antes.
Tus manos se aferran a mi cintura y tiras de ella. Me envuelve la calidez de tu torso y un centenar de pájaros volando que se llevan consigo mis miedos y todas mis ideas.
– La vida no se mide en épocas, ¿no? –susurras–. Cada segundo cuenta, sea cuando sea.

Fotos Paula Méndez

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